sábado, 20 de febrero de 2016

Rusia en el contexto de la teoría del sistema-mundo

Les presento un informe de Georgi Derlugian acerca de la história de Rusia através del prisma de la teoria del sistema-mundo. 

Georgi Derlugian es un sociologo formado en la URSS, que abandonó la patria en 1990 para trabajar al lado de Immanuel Wallerstein. Así que el tipo se quedó en el Occidente y por supuesto, ganando dólares, Georgi Derlugian tiene que sostener a propósito y fuera de propósito todo el repertorio de los tópicos rusofóbicos (las demasías exageradas de ivanoterrorismo, pedrograndismo, stalinismo, putinismo, etc.). Al mismo tiempo no cabe dudas, que ciertas observaciones, originadas por el Centro Fernand Braudel pueden ser útiles y interesantes.

El texto esta disponible aquí: RECONSIDERAR RUSIA 

Presten la atención que es un texto del año 2001, a lo largo de los últimos 15 años se han cambiado muchícimas cosas: ha sido renovado el grupo gobernante de Rusia, ha sido pagada la deuda externa de Rusia, etc.

Voy a presentar abajo algunos fragmentos de la lógica del analísis mundo-sistemático de GEORGI DERLUGIAN:


ETATISMO POR ENCIMA DE LA ACULUACIÓN CAPITALISTA


...es esencial tener en cuenta las limitaciones que el sistema-mundo impone al espacio de las decisiones políticas, tanto en ese país (Rusia) como en cualquier otro. Pero esas restricciones sólo aparecen con sus perfiles más nítidos frente al trasfondo de un pasado milenario que ha configurado el Estado y la sociedad rusos durante una longue durée excepcionalmente prolongada, desde la época de los vikingos hasta Breznev. El rasgo más característico de esa amplia trayectoria histórica ha sido el predominio de las actividades de construcción del Estado por encima de la acumulación capitalista, no como opción estratégica sino como adaptación organizativa al entorno geopolítico. Lo que en otros lugares era una de las principales funciones capitalistas, la creación continua de bases productivas con los consiguientes controles de la mano de obra y redes de distribución, en el caso ruso le ha tocado tradicionalmente a los gobernantes estatales. La razón subyacente era siempre la misma: los orígenes de las preocupaciones económicas de Rusia estaban enraizadas en la competencia geopolítica con un Occidente cada vez más capitalista. 

...Esa situación no era en absoluto excepcional. Todos los grandes imperios agrarios de los tiempos modernos –otomano, persa, chino, japonés o español– se enfrentaban a desafíos y restricciones semejantes. En cada uno de estos casos, la similitud de la posición del Estado originaba escisiones paralelas entre las reacciones culturales nacionalista y occidentalizante y las consiguientes luchas políticas; períodos de impasse y estancamiento; y brotes alternativos de reforma y revolución. En el contexto de esa tipología general, las ventajas clave del Estado ruso se hallaban en su combinación de una relativa proximidad cultural y geográfica a Europa, junto a un área territorial enorme e ingentes recursos naturales. 


La modernización de Ivan IV, el Severo 


.../Rusia /poseía una ventaja mucho más decisiva en el elástico modelo imperial que desempeñó un papel crucial en la primera revolución desde arriba conocida en la historia de Rusia, la transición a mediados del siglo XVI de una laxa confederación feudal a una autocracia centralizada, apoyada en el nuevo ejército permanente de la caballería dvoriane [noble] y la infantería de los mosqueteros streltsy [tiradores]. Rusia emergió así en las primeras filas de los tempranos imperios de la pólvora, con una organización similar a la de su no reconocido hermanastro heredero del imperio bizantino, la Turquía otomana


La modernización de Pedro I, el Grande


...Pedro el Grande elevó su imperio a los niveles contemporáneos de militarismo dictados por Occidente, permitiendo así a Rusia alcanzar una espléndida paridad con los depredadores más avanzados de la Europa continental. La clave para esa modernización del Estado zarista consistió menos en la importación de la organización o la tecnología occidental que en la expansión masiva de una nobleza dependiente del Estado, que se decuplicó y que fue inducida por la fuerza a nuevas carreras y formas de vida. Las reformas de Pedro crearon un robusto vector social para su edificio absolutista, pero también, en palabras de Georgi Fedotov, escindieron Rusia entre una estrecha nación de señores occidentalizados, separada del pueblo [narod] tradicionalista moscovita compuesto por el resto de capas no aristocráticas. 


Rumbo a la Revolución de 1905-1917


... Ese profundo foso iba a mantenerse hasta el siglo XX, cuando fue finalmente colmado por las calamitosas homogeneizaciones sociales de la guerra civil y el gran salto hacia adelante de Stalin.  El reinado de Pedro el Grande puso freno al expansionismo sueco y convirtió a Rusia en una potencia en el Báltico, pero también obligó a la monarquía a sostener los altos niveles de consumo socialmente prescrito a su occidentalizada nobleza de corte. Fue Catalina la Grande la que terminó con eso, conquistando tierras enormemente fértiles en el sur, donde los ejércitos rusos liquidaron por fin a la última horda nómada, el khanato de Crimea, y poniendo fin al Estado polaco y su desorganización interna. Los munificentes regalos a la nobleza de tierras y de los campesinos ligados a ellas ofrecieron nuevo esplendor y cohesión al absolutismo ruso. Catalina y sus ilustrados cortesanos hicieron grandes esfuerzos por elevar la productividad y eficiencia de la agricultura feudal. Se trató de una política explícitamente aristocrática, no constreñida por ningún tipo de preocupaciones burguesas, tendente a abastecer los mercados domésticos y ofrecer salidas exportadoras a las cosechas de cultivos comerciales generadas en los latifundios de los nobles, junto a una expansión de la servidumbre que se iba pareciendo cada vez más a la esclavitud de plantación. El Estado ruso se había convertido en un importante protagonista en Europa, y su influencia era mucho más espectacular confrontada con la decadencia del imperio otomano y su fracaso en el intento de modernización emprendido en ese mismo período. El despotismo ilustrado de Catalina fue el más exitoso de su tiempo. Pero del mismo modo que el legado de Iván IV no pudo igualar a la potencia sueca en la siguiente generación, el imperio de Catalina alcanzó su apogeo justo en la época en que las Revoluciones Industrial y Francesa se abrían camino en Occidente. El absolutismo ruso fue capaz de defenderse –por los pelos– del asalto napoleónico, pero el impacto económico de Manchester y lo que le siguió era harina de otro costal. Aunque sus tropas habían entrado en París, la base del poder internacional estaba cambiando. Por grande que fuera su tamaño, la adquisición de nuevas tierras seguida por su rápida colonización agrícola bajo moldes feudales no era suficiente para sostener a las elites rusas frente a un Occidente en rápida industrialización. Como cabía prever, conforme avanzaba el siglo XIX Rusia comenzó a experimentar los problemas típicos de las economías plantadoras periféricas: importaciones masivas de artículos de lujo, balanza comercial cada vez más desfavorable, pertinaz ineficiencia económica y tecnológica, restricciones al empresariado local, y un campesinado desmoralizado y sumido en la miseria. La reacción política contra esa situación vino en primera instancia de jóvenes aristócratas inspirados vagamente en las ideas revolucionarias francesas. La sublevación de los decembristas en 1825 se asemejó mucho a las conspiraciones liberales de la misma época en el sur de Europa, germinando en clubes de debate y gabinetes de oficiales. Los aristócratas rebeldes pretendían utilizar el poder del Estado para legislar normas más progresistas al estilo de Occidente, pero el zarismo, a diferencia de la monarquía hispana, había salido victorioso de las guerras napoleónicas y sofocó el levantamiento sin muchas dificultades. Rusia seguía siendo una gran potencia lo bastante fuerte para derrotar a polacos, persas o turcos, y capaz todavía de expandirse hacia el este, a las regiones atrasadas de Asia. 

...La inercia de la burocracia imperial y el egoísmo de la nobleza atrincherada en sus privilegios frustraron todos los intentos de propiciar desde arriba una modernización sostenida. A finales de la década de 1850 y durante la de 1860 comenzó a emerger y a prosperar una burguesía independiente, pero su ascenso se vio interrumpido por la depresión económica mundial de 1873-1896 –tasas de beneficio erráticas, grandes expansiones seguidas por enormes quiebras– ante la que los empresarios, que en otros lugares se protegían asociándose en cárteles o trusts, buscaron seguridad en el atronazgo burocrático. Entre las clases educadas, eso dejaba sola a la intelligentsia como candidata activa para una reconstrucción del país. Surgida de las reformas de la década de 1860, se trataba de una capa de especialistas formados profesionalmente, muy conscientes de su misión patriótica de dirigir el último intento de modernización de Rusia, que se convirtió en la principal fuente de fermento político en los últimos tiempos del zarismo. La intelligentsia rusa de ese período se encontró estructuralmente atrapada entre la ausencia de oportunidades para ejercer ningún tipo de responsabilidades políticas (ya que la autocracia seguía siendo demasiado fuerte), y la escasez de salidas hacia una vida profesional confortable como la que disfrutaban sus pares de Occidente (los mercados capitalistas locales seguían siendo demasiado estrechos para absorber una cantidad tan grande de abogados, médicos y técnicos especialistas). Esta doble limitación canalizó las energías y frustraciones de los intelectuales rusos hacia fines artísticos y filosóficos, agrios debates sobre reforma o revolución y actos quijotescos de desesperación heroica, mientras que la autocracia, paralizada por las presiones de distinto signo que se ejercían sobre ella, se resignaba a una morosa inacción o cuando más emprendía reformas muy parciales. Hasta la tercera generación, a comienzos del siglo XX, no se le presentó a la intelligentsia rusa una oportunidad para salir de su gueto. Una vez más, el catalizador del cambio fue el desplome de Rusia en la jerarquía de las potencias internacionales. La derrota en el Lejano Oriente a manos de Japón, un país cuya modernización dirigida por el Estado –también a partir de la década de 1860– había logrado triunfar allí donde Rusia había fracasado, desencadenó la revolución de 1905-1907. La derrota en Occidente a manos de Alemania, en una Guerra Mundial que desbarató a los ejércitos imperiales, detonó las Revoluciones de Febrero y Octubre de 1917. En ambas ocasiones, los únicos contendientes serios por el poder fueron diferentes partidos de la intelligentsia. Salió triunfante el más radical y disciplinado de todos ellos, el único capaz de poner freno a la rebelión campesina y de reconstruir el Estado, repeliendo las invasiones extranjeras e incorporando las insurreciones nacionales con el fin de reconquistar la mayor parte del territorio imperial. 


STALIN 


...Stalin utilizó la retórica y la visión escatológica de Marx, pero en cuestiones asuntos prácticos de construcción del Estado se atuvo a sus propias intuiciones brutales y al ejemplo de otros alemanes, en concreto Ludendorff y Rathenau, arquitectos de la economía de guerra guillermina. La «revolución desde arriba» estalinista de 1929-1934, colectivizando la agricultura y lanzando el primer Plan Quinquenal, combinó una versión extrema de mercantilismo militar con las instituciones dictatoriales
forjadas en la guerra civil. Los cuadros del partido, descorazonados durante el interludio de la NEP y la lucha fraccional, se sintieron de repente inspirados y dispuestos a llevar a cabo otra lucha épica, dirigida esta vez contra las masas rurales y las nacionalidades cuyos intereses supuestamente defendían los bolcheviques, entre otros. También la intelligentsia –gran parte de la cual se había exiliado o visto represaliada a raíz de la Revolución de Octubre– se hallaba ahora absolutamente rota, cuando los líderes del partido en torno a Stalin ajustaron a la baja el reclutamiento de gente con formación y mentalidad más toscas. Creyéndose una vanguardia autorizada a suprimir a «los elementos retrógrados» ciegos al sentido de la historia, esos cuadros terroristas iban a su vez a perecer en su mayoría en la subsiguiente Gran Purga, cuando fueron reemplazados por los obedientes burócratas de la promoción de 1938, que más Turquía ofrece de nuevo un paralelismo útil. Tras la derrota del Imperio Otomano en 1918, un grupo de la intelligentsia militar consiguió repudiar el pasado imperial casi en su integridad y movilizar al campesinado para la defensa patriótica, con un trasfondo de guerra civil. El nuevo Estado turco adoptó el mismo modelo alemán de mercantilismo geopolítico combinado con una ideología republicana y nacionalista. Los militares turcos, sin embargo, a diferencia de la intelligentsia civil rusa, se inspiraban ideológicamente en las tradiciones jacobinas francesas y leían a Durkheim más que a Marx. La esforzada industrialización general de la década de 1930, acicateada por el temor al cerco capitalista, transformó el aspecto de la sociedad soviética. La amplitud de la movilidad social y del cambio cultural experimentados por quienes crecieron y sobrevivieron a la modernización estalinista carecía de precedentes. Millones de campesinos analfabetos, rusos y no rusos, nacieron a una segunda vida como obreros industriales o empleados administrativos con cierta educación, por rudimentaria que fuera, y fueron transplantados a un ambiente urbano. La rapidez de esta transición creó en sus generaciones más jóvenes un sentimiento de genuino optimismo y lealtad hacia todo lo soviético, junto con la ardiente disposición a participar en una grandiosa construcción civil y militar. La homogeneización social resultante se solía considerar como demostración de las predicciones marxistas-leninistas referidas a la consecución de una auténtica sociedad comunista, sin divisiones de clase o bloqueos provocados por conflictos de nacionalidad. El resultado fue un Estado dictatorial volcado en la dirección de movilizaciones heroicas para alcanzar objetivos estratégicos, sin importar sus costes humanos o materiales, que quedó ademas revalidado en la Segunda Guerra Mundial frente al esperado asalto del Occidente capitalista. A diferencia de su predecesor zarista, el régimen estalinista pasó la prueba del ataque alemán con muy buena nota. La industria soviética superó a los nazis en tanques y aeroplanos, el Ejército Rojo aplastó a la Wehrmacht, y Moscú se hizo con el control de Europa oriental. Veinte años después, la URSS se equiparaba a Estados Unidos en armas atómicas y misiles. En el transcurso de una generación, un imperio agrario decrépito se había transformado en una superpotencia nuclear. Para un país «de desarrollo tardío» como Rusia, se trataba de una proeza apenas creíble. 


Los detalles del fracaso de la URSS


...Desde 1945 el Estado soviético –diseñado para campañas bélicas y producción en masa del armamento de la era industrial– había entrado en un largo período de paz, en el que se vio confrontado a tareas que le resultaban muy ajenas: en concreto, la producción y distribución, flexibles y eficientes en costes, de bienes de consumo y servicios. Sus fracasos en ese terreno son célebres, pero quizá se han exagerado un tanto. El salto adelante en el consumo de las masas soviéticas entre 1945 y 1975 fue sin discusión histórico, si bien se partía de un nivel extraordinariamente bajo. 

¿Por qué se desplomaron tan pronto sus expectativas de crecimiento? La respuesta está en la rápida transformación del campesinado en asalariados urbanos empleados por el vasto aparato monopolista del Estado soviético. Al quebrantar las economías campesinas, en gran medida autosuficientes, volcando sus desagregados miembros en los rígidos moldes de la industria, la burocracia y el ejército soviéticos, el Estado asumió la responsabilidad de todos los aspectos de la reproducción social y física de sus empleados: desde la salud, la educación y el bienestar hasta la alimentación, la ropa, los deportes y el ocio. Pero no bastaba suministrar simplemente sus rudimentos; la competencia de la Guerra Fría obligaba a que le Partido tuviera que superar los poderosos –y conscientemente propagandísticos– efectos demostrativos de los patrones de consumo occidentales. Los intentos de bloquear el flujo de información cultural acerca de éstos fueron en vano, no sólo debido a los modernos sistemas de comunicación, sino también a que la propia elite dominante (y más aún sus vástagos) resultaban fácilmente seducidos por el modo de vida capitalista. El poder, después de todo, lleva consigo la tentación de gozar de sus frutos materiales. 

...El final sobrevino inesperadamente. Atenazada por las contradicciones de su existencia corporativa, la nomenklatura soviética había jugueteado intermitentemente desde tiempos de Jruschov con varios sustitutos de la disciplina del mercado y la rendición de cuentas democrática, sin decidirse nunca a dar el salto a un diseño organizativo distinto. Los sucesivos intentos perezosos de reforma se hicieron por fin realidad con la perestroika de Gorbachov, que en su primera fase cuestionó los controles centralistas sobre todas las áreas de la vida soviética, para fracasar luego estrepitosamente en el intento de pasar a una segunda fase de creación de mecanismos de competencia, ya fuera en la economía o en la política. La iniciativa de Gorbachov, frustrada en la propia URSS, recibió el golpe de muerte en el extranjero. Fantaseando con el prestigio que quería labrarse en Occidente, cedió Europa del Este sin recibir apenas una propina a cambio, y se vio de repente apartado sin ceremonias, tanto por los amigos como por los enemigos internos. Aunque hubiera contado con un líder más capaz, la perestroika llegaba demasiado tarde, rodeada de presiones estratégicas crecientes, una decadencia económica profunda, la esclerosis administrativa y la desmoralización social. Pero no hay por qué ridiculizar a los envejecidos, amargados y aun así obstinadamente románticos shestidesiatniki que por fin habían tenido una oportunidad con Gorbachov; no tenían ninguna posibilidad de salvar a la Unión Soviética, cuya defunción estaba escrita desde la debacle de sus satélites en 1989, pero ayudaron a evitar una implosión catastrófica, ya que, sin ellos (y por supuesto el descrédito de los militares por la derrota en Afganistán), los últimos gobernantes de la URSS bien podrían haber sido del tipo de los chauvinistas reaccionarios que proliferaron durante la última década en Yugoslavia

...El colapso de la URSS marcó algo más que el fracaso del experimento bolchevique; señaló el fin de un milenio de historia rusa, durante el cual el Estado había constituido el motor principal del desarrollo social. 


Los años 70-80: el auge del enfrentamiento entre la URSS y los EE.UU.


...La Revolución Rusa de 1917 estableció el patrón contrahegemónico para poner en cuestión el orden capitalista mundial mediante la creación o reconstrucción revolucionaria de Estados periféricos bajo el liderazgo de las intelligentsias locales. La resaca duró hasta mediados de la década de 1970, cuando Estados Unidos tuvo que pagar el precio de su dislate al intentar reemplazar el poder colonial de Francia en Indochina, y las últimas grandes colonias, las posesiones portuguesas en África, alcanzaron la independencia política tras largas guerras de guerrillas. El régimen breznevita en la URSS, con su apoyo material a esos levantamientos antiimperialistas, se veía a sí mismo como vanguardia del progreso histórico. De hecho se trataba, en cambio, de los últimos episodios de una época que iba quedando atrás. Ya se estaba fraguando una «gran transformación» con todo el sentido que daba a esas palabras Polanyi. Ese nuevo capítulo en la historia del mundo comenzó con una grave crisis de la superpotencia estadounidense, cuando la URSS aún seguía prosperando. En 1968 Estados Unidos sufrió una seria humillación militar en Vietnam, acompañada de una oleada masiva de protestas domésticas, tanto contra la guerra como contra la situación de la población negra. Los descaminados intentos de la Administración Nixon de apuntalar su poder y la economía estadounidense tuvieron un espectacular efecto contraproducente en 1973-1975. Además de la aceleración de la inflación, la crisis del petróleo y el colapso del sistema de Bretton Woods, Washington tuvo que renunciar a los mecanismos de regulación económica y social que se remontaban a la Gran Depresión y a la Segunda Guerra Mundial. Del caos de ese período emergió finalmente el régimen global de mercados liberalizados que conocemos hoy. Debatiéndose por superar la crisis de comienzos de la década de 1970, Estados Unidos utilizó su posición hegemónica para poner en orden los recursos de sus numerosos aliados y clientes en un sistema que iba a invalidar el modelo de crecimiento económico nacionalmente limitado y de organización industrial fordista que hasta entonces había prevalecido en todo el mundo atlántico. En dos décadas de experimentación con nuevos tipos de políticas gubernamentales y empresariales, y de búsqueda de nuevas tecnologías y nichos de producción, se constituyó el nuevo régimen económico-político que distintas escuelas de analistas han apodado posfordismo, acumulación flexible o globalización. El nuevo orden mundial tenía poco que ver en realidad con las proclamaciones de moda de que la regulación burocrática se había sustituido por milagrosas empresas estrella y mercados autocompensados. De hecho, el impulso liderado por Estados Unidos para derribar las barreras económicas impuestas por los gobiernos nacionales puso los mecanismos de control en manos de burocracias privadas e internacionales mucho menos abiertas a presiones políticas públicas, mientras que las interacciones en el interior de la elite evolucionaban (o volvían) a un sistema de redes menos formales, siguiendo las líneas de Davos. A mediados de la década de 1980 ya estaban claras las líneas maestras del sistema globalizado emergente. El ciclo de desarrollo nacional había sacudido repetidamente el marco del mercado mundial capitalista; pero al fin y al cabo éste se demostró bastante elástico, y contrariamente a las previsiones de Schumpeter se benefició de hecho de las repercusiones de revoluciones y descolonizaciones. 


YÉLTSIN: RUSIA PIERDE LA GUERRA


...El Estado ruso afronta hoy día dilemas quizá más serios que nunca, no sólo por su abrupta disminución de tamaño, sino porque sus principales activos y orientaciones tradicionales se han visto drásticamente devaluados. El capitalismo en su forma globalizada es antitético a los imperios burocrático-mercantilistas especializados en maximizar el poderío militar y el peso geopolítico, objetivos en los que se empeñaron durante siglos los gobernantes rusos y soviéticos. 

...Económicamente, la restauración del capitalismo en Rusia ha demostrado ser un asunto ruinoso y purulento, sazonado con crimen y corrupción y lastrado por el deterioro de los índices sociales. A lo largo de la última década el PNB se contrajo, los salarios se desplomaron y disminuyó la población. En 2000 un tercio de ésta vivía por debajo del umbral de pobreza definido oficialmente, y la desigualdad en los ingresos se había triplicado. Al frente de ese escenario tan desalentador se encontraba un producto aberrante del ala siberiana del viejo PCUS. Como gobernante de la Rusia postsoviética, Yeltsin tenía una capacidad real, por limitada que fuera: maestro en las intrigas cortesanas y en la manipulación de sus subordinados, podía exhibir sus dotes de briosa improvisación y de voluntad absoluta cuando la ocasión lo requería. En otras circunstancias eso no habría compensado sus obvias deficiencias como líder: su codicia e incompetencia brutales, su chocarrería de alcohólico, sus largos períodos de inercia... En el sentido ordinario era bien poco lo que funcionaba adecuadamente con él. Tras enrolar y despedir a Gaidar como campeón de la «terapia de choque», pronto entró en disputas con el primer parlamento electo del país. Disolviéndolo por la fuerza de los tanques, impuso una constitución autocrática con un referéndum fraudulento, tras de lo 
cual desencadenó una desastrosa guerra en Chechenia. 

...En Rusia, la transición a una economía de mercado estándar habría sido en cualquier caso un proceso caótico y prolongado; pero su condición básica era un sistema político irreversiblemente comprometido con el capitalismo, y esto es lo que Yeltsin sí había logrado establecer cuando acababa su reinado. Pudo hacerlo, pese a la baja estima en que le tenía la mayoría de los rusos, porque contaba con el apoyo de las tres fuerzas decisivas del período: Occidente, los oligarcas y la intelligentsia.
El primero de los tres era con mucho el más importante. 

...Todo esto reproducía una situación semiperiférica bastante típica: una ambiciosa clase media de profesionales y pequeños propietarios al estilo occidental asume el papel de la burguesía tradicional al faltar esa clase capaz de limitar conscientemente, y finalmente democratizar, el poder autocrático.

En Rusia esta capa estaba ligada al Kremlin y su bandera tricolor neozarista por un doble lazo. Yeltsin, aunque había sido miembro del Politburó y no precisamente un intelectual, y desde luego no un liberal, se había alzado al poder, tras haber sido expulsado del liderazgo burocrático comunista, mediante su alianza con un bloque de reformistas ardientemente liberales dirigido por la intelligentsia. Había dirigido la resistencia contra el putsch militar de agosto de 1991 y había puesto fuera de la ley al PCUS. Pero por encima de esa deuda histórica, la legitimación y los recursos de Yeltsin –una vez que se hizo con el poder– venían sobre todo de Occidente, el punto de referencia fundamental para la intelligentsia por sus propias razones. Así, pues, por dudosos que parecieran sus planes, los intelectuales se sentían vinculados a él. Aun así, con el tiempo comenzaron a aparecer grietas entre ellos. De un lado estaban los que habían hallado puestos y beneficios en el propio régimen como consejeros presidenciales o de los magnates de los medios de comunicación, altos ejecutivos, etc. –entremezclándose con los nouveaux riches o «nuevos rusos» tout court—, mientras que otros, desgarrados por su lealtad a los antiguos ideales, se iban tornando cada vez más críticos. 


PUTINAZO: DEDAZO DE YÉLTSIN 


Ése era el contexto en el que las intrigas de palacio de Yeltsin de agosto a diciembre de 1999 –primero nombrando primer ministro a Putin, dimitiendo a continuación para convertirlo automáticamente en presidente–sorprendieron a los competidores políticos que maniobraban para sucederle en las elecciones de la primavera de 2000. El plan fue probablemente diseñado por los bien pagados esbirros del Kremlin (o «tecnólogos políticos» como prefieren llamarse a sí mismos los miembros de esa nueva camada de mercenarios intelectuales), en primera instancia para proteger a la «Familia» –Yeltsin y sus hijas, chambelanes como Chubais y los principales oligarcas– frente al riesgo de cualquier acción legal futura. El primer acto de Putin en cuanto entró en funciones fue, en efecto, garantizar a su patrón inmunidad frente a los tribunales. Aparentemente, la elección por el presidente de su sucesor recordaba la añeja práctica mexicana del dedazo. 

...frente a la relativa desinversión política por ese lado, Putin cuenta con una base popular más amplia, un control más firme de los aparatos institucionales y un mejor clima económico que los que Yeltsin haya disfrutado nunca. La Duma, que había sido una constante espina en tiempos de éste, es ahora una asamblea domada, con una dulce mayoría presidencial formada por burócratas ubordinados velozmente reclutados durante la triunfal marcha de Putin hacia las urnas. Los gobernadores provinciales, muchos de los cuales se habían convertido prácticamente en potentados locales autónomos en el período anterior, se han visto sometidos a la fiscalización de un conjunto de plenipotenciarios» del centro. Las emisoras "independientes" han sido hostigadas o neutralizadas, el Kremlin ha tomado el control de lo que una vez fuera el imperio de Gusinsky y ha utilizado a los medios de comunicación cada vez más venales para desacreditar o silenciar a la potenciales opositores. Esa recentralización en marcha del Estado ruso se ha visto facilitada por la bonanza económica de los últimos dos años, la depreciación del rublo a la quinta parte de su valor desde la quiebra de 1998 y el continuo aumento de los precios del petróleo. En 2000, por primera vez desde el colapso de la Unión Soviética, el presupuesto no mostraba números rojos, había un superávit en la balanza comercial y se registraba un crecimiento económico del 8 por 100. Se trata todavía de una recuperación frágil, pero suficiente para que la noten todas las capas sociales. 


EL CONTROL FINANCIERO DE LOS EE.UU. 


...Actualmente, otro intento de reorganización estatalista para restaurar la preeminencia geopolítica de Rusia sería un anacronismo. Con el fin de la Guerra Fría y la desaparición de la Unión Soviética, Rusia se halla en su nadir histórico: su demente martilleo del diminuto enclave checheno –unos pocos kilómetros cuadrados y unos pocos cientos de miles de nativos–, sólo se puede entender como una compensación patética e inconsciente de las enormes pérdidas que ha sufrido en suelo eslavo, donde la amputación de Ucrania y Bielorrusia ha reducido a Moscú a un perímetro más pequeño que en los días de Boris Godunov; un trauma tan profundo que el Estado todavía actúa como si aún sintiera el tirón de esos miembros. La terrible disminución sufrida no es sólo de tamaño, sino también demográfica. Diez siglos de incremento continuo de la población se han revertido ahora, cuando Rusia posee menos habitantes que Pakistán. Entre los activos clásicos de un Estado importante, sólo cuenta con un arsenal nuclear que se va oxidando, inútil para las operaciones externas a su alcance, es decir, pequeñas incursiones o bravatas en el Cáucaso o en Turkestán. Ahora ha renunciado incluso a la pretensión de monopolizar la interferencia en esas regiones. La razón para esa novedosa modestia no es difícil de deducir: el Estado postsoviético se ve severamente limitado por una drástica pérdida de autonomía financiera. La deuda externa convierte a Moscú en rehén de Occidente en un grado históricamente sin precedentes, ni siquiera cuando el zarismo en decadencia se vio obligado a aliarse con sus acreedores internacionales, renunciando a su rivalidad geopolítica con el Imperio británico y Francia en el período previo a 1914. Un siglo después, la dependencia económica de Rusia va mucho más allá de la debilidad general de los países periféricos frente a las firmas y mercados globales. 


PERSPECTIVAS VISTAS DESDE EL AÑO 2001


...Pero si se le cierra la opción imperial, ¿qué perspectiva le queda al capitalismo moderno en Rusia? No cabe duda de que van surgiendo poco a poco algunas de las condiciones para que se den patrones de acumulación más normales, y ése es uno de los significados de la «nueva estabilidad». Pero la mayoría de las empresas rusas son superfluas en el mercado mundial y siguen dependiendo de elevados niveles de protección doméstica. La fuerza de trabajo rusa, aunque barata comparada con la
occidental, es más cara y más indisciplinada que los depósitos enormes y fácilmente accesibles del Tercer Mundo. El país es actualmente atractivo para las corporaciones occidentales, tan sólo como plataforma exportadora de materias primas y como concentración potencial de consumidores. La producción industrial cayó a la mitad en la pasada década. Rusia se ha convertido otra vez en un típico productor periférico de materias primas, con poca capacidad de fabricación competitiva y niveles de servicios muy primitivos. Sus principales exportaciones actuales son: petróleo a Alemania, gas a Italia, prostitutas a Turquía y capital a Chipre. Si se mantuviera ese modelo, el régimen de Putin podría llegar a parecerse al de alguno de los mayores países latinoamericanos de antaño: un hombre fuerte con una fachada electoral, operando bajo una jurisdicción informal estadounidense, negociando con los caciques locales niveles muy bajos de impuestos internos, pero extrayendo la suficiente riqueza mineral como para mantener a raya a los titulares extranjeros de bonos y con los cofres del aparato coercitivo central repletos. En resumen, una especie de porfiriato, sin su espíritu de desarrollo, pero también sin su amenazante aunque difuso descontento popular. Sin embargo, el código genético de los Estados imperiales no se modifica tan fácilmente. 

...Los reflejos condicionados adquiridos durante siglos están profundamente insertos en una burocracia rusa que, por increíble que parezca, se amplió durante el mandato de Yeltsin. 


RUSIA COMO UN GENDARME PARA EL BRICS? 


Con el incremento de la globalización, el suministro de protección militar se podría convertir en un artículo comercializable, como ya lo fue a comienzos del mundo moderno. Los ejércitos rusos siempre han estado formados por soldados conscriptos, pero hoy día se habla de crear un ejército profesional. Si eso llegara a materializarse podría quizá contar con un prometedor futuro mercenario, mientras que el Estado asumiría, cobrando determinadas tarifas, los riesgos y brutalidades de imponer la estabilidad en algunos de los rincones más asquerosos del mundo. Ese devenir sería realmente muy ruso, pareciéndose a Turquía o México al principio, pero aplicando luego la coerción con diferentes propósitos. Si Putin resulta ser un gobernante siquiera moderadamente exitoso, el resultado probable de los próximos diez años será una Rusia proteccionista semiautoritaria, ineluctablemente corrupta, pero en cierto modo menos hundida, capaz de vigilar los restos de su inestable ex imperio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada