viernes, 14 de febrero de 2014

Sochi, demonizado - Diario de Berlín


Los juegos en un “país adversario” siempre han merecido un trato propagandístico y discriminatorio en Occidente

Como ocurriera con los juegos de Pekín, los de Sochi han sido objeto de una desmesurada campaña política y mediática. Alemania ha estado a la vanguardia de ella. Su presidente dijo demostrativamente que no acudiría a los juegos, por donde tampoco aparecerá Angela Merkel, mientras que la prensa ha ofrecido la más vulgar, y a veces grotesca, diatriba antirrusa, en línea con el clima de guerra fría que el pulso por ver quien se queda con Ucrania –si los magnates corruptos prooccidentales, o sus homólogos pro rusos- está evidenciando.

Como consecuencia de esa intensa agitación, solo un 34% de los alemanes se han declarado favorables a que los juegos se celebrasen en una ciudad rusa. Otro 57% considera que,”fue un error” adjudicárselos a Rusia (en el caso de Pekín solo un 38% consideró acertado dárselos a China tras una campaña selectiva idéntica a la actual). El motivo aludido es el mismo: el suspenso en “derechos humanos”.

Para hacer memoria y situar el asunto, hay que recordar que los juegos se celebraron sin problemas en Ciudad de México en 1968, diez días después de la matanza de la Plaza de las Tres Culturas, donde murieron decenas, sino centenares de estudiantes y ciudadanos. Fueron los “juegos de la paz”. En 1984 se celebraron en Los Ángeles, pocos meses después de la invasión de Granada y en la década en los que los regímenes apoyados por Washington masacraron a 200.000 personas en América Central, el 1% de la población de los siete países de la región. En 1988 los juegos se celebraron en Seúl, cuando Corea era una dictadura, con una matanza importante reciente y una historia de 100.000 fusilados en los años cincuenta.

En su grotesca cobertura de la ceremonia de inauguración de los juegos, el segundo canal de la televisión alemana (ZDF) denunció que en las habituales alegorías nacionales escenificadas, Rusia no mencionara “los aspectos oscuros de su historia”. Se refería, naturalmente, al estalinismo. “¿Dónde está Stalin?”, se preguntó la periodista de dicho canal Anne Gellinek. Pero, ¿por qué debería mentar Rusia a Stalin? ¿Por qué debe ser Rusia diferente de otros?

“¿Dónde estaban las víctimas del Imperio británico en la inauguración de los juegos de Londres en 2012?, ¿Dónde el exterminio de los indios en la fiesta de Salt Lake City en 2002?, ¿Por qué no aparecieron los millones de víctimas de la brutalidad alemana en la inauguración de los juegos de Munich del año 1972?”, se pregunta el analista alemán Jens Berger desde el portal NachDenkSeiten. ¿Dónde estuvo el “colapso demográfico” en la conmemoración española del 500 aniversario del descubrimiento?, se puede añadir. Así que, ¿Por qué se hace cuestión con Rusia?: porque se trata de un “país adversario”.

La prensa alemana le ha sacado punta a una ley contra la pederastia, sin mencionar siquiera que la homosexualidad estuvo criminalizada en Alemania Occidental hasta 1994, o que entre 1950 y 1969, 50.000 homosexuales fueron castigados por serlo. Todo vale: la explotación de la mano de obra -de la que al parecer Rusia tiene la exclusiva- la matanza de perros callejeros, el excesivo gasto y el trato a disidentes como las chicas del grupo punk “Pussy Riot”- cuyo nombre significa algo tan vulgar como “la revuelta del C.”- y cuya hazaña fue mentarle la madre al Presidente Putin en el templo ortoxodo más importante de Moscú.

Que semejante “plegaria punk” de mal gusto como la que hicieron las gamberras chicas del Pussy (paseadas en vísperas de los juegos por los escenarios de Nueva York y Berlín, con todo pagado), no habría resultado simpática si se hubiera escenificado en la basílica de San Pedro del Vaticano o en la Catedral de San Patricio de Nueva York, es algo que se pierde totalmente de vista cuando se trata de la demonizada “Rusia de Putin” con cuernos y rabo.

Afortunadamente este hipócrita festival desaparece en cuanto comienzan las competiciones y las medallas. Esa fue la experiencia de Pekín en el verano de 2008, donde la presión inicial fue extraordinaria y se está repitiendo en Sochi. Baste recordar todo lo que se dijo entonces sobre la espantosa censura china de internet- que cualquier usuario podía eludir con programas bien simples- y compararlo con lo que hoy se conoce gracias a ese héroe olímpico llamado Eduard Snowden, refugiado en… Moscú.

El problema es que los juegos son una enorme operación de imagen y cuando los organiza un “país adversario”, hay que machacarlo como sea para contrarrestar esa formidable plataforma.

Que los de Sochi sean unos juegos seguros, depende de si hay o no atentados integristas, como el último en Volgogrado. Desde finales de los años noventa, en Rusia esos atentados son financiados y sostenidos por los “amigos del Golfo”. Esos amigos no necesitan leyes contra la pedofilia, ni merecen denuncia alguna en materia de derechos humanos, porque son la infantería y el banco (en Siria, en Libia, y antes en Afganistán) de los guardianes de la libertad.

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